Es un digno tributo a esta visionaria, cuyo sueño de una educación universal, que parecía una utopía en el siglo XVIII, se convirtió en una realidad perdurable en el corazón de nuestra capital
A lo largo de la historia de México, y particularmente en el virreinato de la Nueva España, la participación de las mujeres ha sido relegada al olvido. Hoy te cuento la historia de María Ignacia de Azlor y Echevers, una mujer que con su fe y visión transformó el objetivo de los conventos; pues si bien estas instituciones ya educaban a las niñas desde el siglo XVI, la educación no era su labor exclusiva. Este fue el gran proyecto de María Ignacia: traer la Compañía de María al virreinato para fundar una institución destinada a educar a las mujeres sin importar su posición económica.
Nacida en el Reino de Nueva Vizcaya —en lo que hoy es Coahuila—, María Ignacia provenía de una de las familias más ricas del virreinato. Desde niña recibió una educación atípica y una profunda vocación inculcada por sus padres. Al morir estos, cuando ella tenía poco más de veinte años, heredó una vasta fortuna. Tras quedar huérfana, tomó la decisión de vivir su vocación religiosa, lo cual fue desaprobado por su familia, la cual esperaba que contrajera un matrimonio acorde a su posición social.
El primer paso para cumplir su objetivo fue trasladarse a la Ciudad de México, donde ingresó al Convento de la Inmaculada Concepción. Pese a vivir dos años en este espacio, decidió salir de él para emprender un viaje rumbo a España con la finalidad de cumplir con algunas mandas que sus padres le habían encargado en su testamento. Cruzó el océano en 1737 acompañada de su cuñado, un capellán y dos damas de compañía, visitando santuarios y entregando limosnas. Esta travesía demostró su firmeza, pues se mantuvo en España por quince años hasta conseguir el permiso real para fundar una filial de su orden en la Nueva España.
Una visión inquebrantable
De regreso en la Ciudad de México, el proyecto de María Ignacia se enfrentó a nuevos y duros obstáculos. Su visión de crear un colegio-convento para educar a niñas sin importar su clase social chocó con los intereses de las «maestras de miga», quienes temieron que la nueva institución les arrebatara a sus alumnas. Los rumores sobre su supuesta falta de fondos y las trabas burocráticas no la detuvieron: María Ignacia demostró que tenía la fortuna necesaria y adquirió una casona en la calle de los Cordobanes, la cual pronto se convertiría en su obra cumbre.
La inauguración del Convento de Nuestra Señora del Pilar, de Religiosas de la Enseñanza y Escuela de María, el 18 de diciembre de 1754, marcó un antes y un después en la educación femenina. El claustro se compuso de dos edificios: uno donde habitaron las religiosas y otro para las niñas, equipado con salones de clase, salas de labor y una capilla para el servicio religioso. Con un ingenio notable, María Ignacia adaptó la casona preexistente para sus propósitos: la cochera se convirtió en capilla y los cuartos sobrantes se rentaron para generar ingresos.
Lo más revolucionario, sin embargo, fue su modelo educativo. El colegio recibía tanto a niñas de familias acomodadas como a niñas de bajos recursos. El propósito principal era que la educación fuera una labor exclusiva de las monjas. Para lograrlo, existían espacios dentro del claustro donde las niñas vivían y eran educadas, apartándolas de la vida en común de las religiosas, lo que permitía que no interfirieran con el resto de las actividades conventuales. Las estudiantes podían permanecer internadas completa o parcialmente, siempre que sus padres cubrieran los gastos, o asistir de forma gratuita —sin importar su nivel económico— a las clases impartidas por las monjas. La instrucción se ofrecía cuatro horas por la mañana y cuatro por la tarde, y el currículo incluía lectura, escritura, aritmética, costura, bordado y tejido, así como trabajos con chaquira. Las estudiantes solían elaborar hermosos bordados que se vendían para ayudar al sostenimiento del colegio.
Las candidatas para ingresar a la orden debían ser criollas o españolas, tener vocación religiosa y aptitud de educadoras. Se les pedía que renunciaran a la administración de sus bienes, pero no a la propiedad, pues estos pasaban a ser administrados por la comunidad. A diferencia de otras órdenes, las monjas sí podían abandonar la clausura, pero solo para atender asuntos de la institución. El periodo de preparación duraba un año; después podían profesar jurando los votos de pobreza, castidad y obediencia, junto al compromiso de cuidar de la enseñanza de las niñas. Los cargos en el interior del convento se diferenciaban de otros claustros porque se nombraban «maestras de clases» para las niñas y «porteras de clases».
La arquitectura del ideal y un legado duradero
Aunque María Ignacia falleció en 1767 sin ver el imponente templo terminado, su visión tuvo continuidad. La construcción de la iglesia fue encargada al arquitecto Francisco Antonio de Guerrero y Torres —autor de la Capilla del Pocito— quien, a petición de la fundadora, la edificó de manera similar al convento de Tudela: con una sola portada, a diferencia del resto de los claustros novohispanos. En la fachada destacan las imágenes de San José (patrono de la Nueva España), la Virgen del Pilar y una representación de la Santísima Trinidad.
En su interior, la iglesia se distingue por tener los coros en la parte baja del altar mayor, a diferencia de otros conventos en los que se encuentran frente al altar. Este diseño permitía que las monjas tuvieran una vista directa del presbiterio, separándolas de la mirada del público gracias a las grandes rejas que limitaban el espacio del sotocoro, las cuales estaban cubiertas por amplias cortinas.
El convento-colegio de La Enseñanza llegó a tener tal éxito que se solicitó realizar fundaciones en otras partes del virreinato, las cuales se concretaron en Irapuato, Aguascalientes, Orizaba y Morelia. El recinto prosperó por un siglo hasta que las Leyes de Reforma pusieron fin a su función. El espacio se cerró debido a la exclaustración en 1867, y el templo permaneció clausurado al culto entre 1867 y 1910, cuando se permitió su reapertura. El edificio sirvió temporalmente como cuartel, prisión y palacio de justicia, haciendo parecer que su historia educativa había terminado.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. En 1943, El Colegio Nacional se instaló en el recinto, y a partir de 1990 lo ocupó en su totalidad. Hoy en día, el edificio sigue cumpliendo su propósito original de servir a la enseñanza a través de actividades gratuitas y abiertas a todo el público. Es un digno tributo a esta visionaria, cuyo sueño de una educación universal, que parecía una utopía en el siglo XVIII, se convirtió en una realidad perdurable en el corazón de nuestra capital.
.png)