La memoria colectiva no es el resultado de la suma de memorias individuales, sino de la invención de una historia normalizada convertida en memoria... ¿Cómo lograr que en un territorio extenso y complejo la población pudiera cohesionarse? La respuesta inmediata sería: inventando una nación
El imperativo pulsional del ser, en su vida temprana, lo impele a registrar la realidad para dar significado a su existencia. Inicialmente, el cúmulo de percepciones primigenias le procurará el surgimiento de imágenes, seguido de representaciones y simbolismos que, a manera de marca, encauzarán su devenir en su proceder mundano.
Así, las imágenes y representaciones se convierten en abstracciones fundamentales que darán sustento y arraigo al sentido existencial de los sujetos. Pareciera ser que estas cualidades humanas no les eran ajenas a los encomendados a reconstruir o crear el Estado mexicano decimonónico, en donde las élites políticas y oligárquicas deseaban forjar un sentido de identidad en los pobladores de la nueva nación.
El proyecto de nación mexicano irrumpe después de la consumación de la independencia. Esto surge entre los nuevos dirigentes aunado al anhelo apremiante de construir una patria compartida, imponiendo una verdad histórica que soslayaba el periodo colonial. Sin embargo, el conglomerado de realidades existentes en la Nueva España debido a su vasta región geográfica los motivaría a uniformar a todos sus pobladores, convirtiéndolos en simples ciudadanos y desdeñando la singularidad o diversidad cultural asentada en ese amplio territorio. Así, la instauración de un imaginario colectivo, precursor de la identidad nacional, se volvería un bastión para el nacimiento del México renovado.
Por lo anterior, la imagen se perfilaría como un atisbo fundamental de identidad, recurriendo el Estado a la pintura histórica como una expresión narrativa que tendría como propósito contribuir a la formación moral de la sociedad y propiciar una memoria colectiva. De este modo, la pintura histórica se situaba como una transmisora de valores, sentimientos e ideas. Por esto último, se requeriría de creadores artísticos que, con su creatividad y habilidad, plasmaran y resaltaran elementos alusivos al pasado mexicano, sobre todo al prehispánico, ya que consideraban que dilucidar el mito o el origen de lo mexicano procuraría desarrollar un mayor sentido de pertenencia en la población.
Presentificando la historia
Por consiguiente, el arte sacro de tres centurias se vio desplazado por el arte laico: Jesús fue sustituido por la figura de Cuauhtémoc. La imagen icónica de este último siendo torturado al quemársele los pies por parte de los conquistadores se volvería una representación de suma importancia para los pobladores de la primera mitad del siglo XIX mexicano. Como afirma Tomás Pérez Vejo en su obra Elegía criolla y en sus estudios sobre la nación doliente: «La memoria colectiva no es el resultado de la suma de memorias individuales, sino de la invención de una historia normalizada convertida en memoria». El autor formula la siguiente interrogante: ¿cómo lograr que en un territorio extenso y complejo la población que lo habitaba pudiera cohesionarse en una entidad inteligible y unificada? La respuesta inmediata sería: inventando una nación.
El Estado mexicano en ciernes requeriría de sedes estratégicas para su encomienda; por lo cual, la Academia de San Carlos de las Bellas Artes, fundada en 1781 en la Ciudad de México, se convertiría en el recinto cuyo principal objetivo sería el de contribuir a la imaginación de un nuevo tipo de organización política, siendo el Estado el encargado de dirigir el arte y sus tópicos con el fin de expandir el sentimiento nacional. Así, lienzos como La visita de Cortés a Moctezuma (Juan Cordero, 1855), Fundación de la Ciudad de México (José María Jara, 1889) o Cristóbal Colón en la Rábida (Félix Parra, 1875) se transformarían en representaciones emblemáticas para la sociedad mexicana de entonces, reclamando el pasado de sus ancestros situados en el México antiguo. La prensa del momento también cumplió con su mandato, encargándose de difundir estas imágenes con el propósito de que llegaran al mayor número de personas, las cuales en su mayoría eran analfabetas.
La estrategia gubernamental empezaría a cristalizarse y la pintura titulada El descubrimiento del pulque (José Obregón, 1869) se convertiría en la resurrección del México prehispánico. En dicha obra sobresale la figura de la princesa Xóchitl descubriendo el pulque y ofreciéndoselo al señor de Tula, una imagen que ensalzaba a la civilización indígena extrayendo elíxires del maguey. Al ser el pulque, en aquel entonces, la bebida nacional por excelencia, funcionaba como un elemento que reivindicaba a la sociedad azteca.
A manera de corolario, las imágenes rebasan el entendimiento humano, traspasando toda racionalidad o conciencia para incrustarse en el inconsciente de los sujetos y dirigir su motilidad. Se podría emitir un juicio sobre el proceder del Estado una vez consumada la independencia; empero, ¿quién en la actualidad dudaría de la fuerza mítica de la imagen que hace alusión al águila devorando a la serpiente?
Bibliografía
Pérez Vejo, Tomás, Una nación doliente. Imágenes profanas para una historia sagrada, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza / INAH / Grano de Sal, 2024.
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