Quizá por eso la lección más profunda de Ginzburg no sea la de haber encontrado a Menocchio, sino la de haber reflexionado profundamente sobre las posibilidades del archivo, mostrando que incluso los fragmentos más pequeños y aparentemente insignificantes pueden devolvernos, a partir de un marco teórico sensible y reflexivo, la densidad de un mundo negado.
Carlo Ginzburg ha muerto y, como suele ocurrir en estos casos, es un buen momento para volver sobre su obra y recordar por qué fue un historiador tan importante. Quisiera repasar, muy brevemente, algunos aspectos de su trabajo que me parecen fundamentales y que, de repente, suelen pasar desapercibidos.
No voy a detenerme, por ahora, en recopilar quién fue o qué hizo. Me parece que esa tarea ya está siendo abordada en las aulas de historia y, sobre todo, a partir de su lamentable fallecimiento, en las numerosas semblanzas que he visto publicarse en estos momentos.
El primero de esos aspectos es que, si bien su obra más conocida es El queso y los gusanos, considero que quedarnos únicamente ahí resulta limitante. Me parece que su trabajo sobre el paradigma indiciario llega a ser muchísimo más enriquecedor para los jóvenes historiadores en formación que el propio El queso y los gusanos.
En “Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, por ejemplo, Ginzburg señala cómo ciertas evidencias indirectas, sutiles e incluso inconscientes —las llamadas huellas—, pueden ser tan o más importantes que aquello que aparece de manera explícita. Haciendo primero una reconstrucción de quienes realizaron esta labor detectivesca, desde Morelli, pasando por Sherlock Holmes, hasta Freud, Ginzburg ofrece una auténtica cátedra sobre aquello a lo que los historiadores en formación deben prestar atención: la manera en que los indicios pueden ayudar a reconstruir realidades históricas ocultas. Y, de paso, si se me permite, abre toda una serie de posibilidades interdisciplinarias, especialmente con la antropología mediante la historia cultural.
El otro punto tiene que ver con su famoso modelo microhistórico. Con frecuencia se asume que la microhistoria es un objetivo en sí mismo. Es común escuchar a estudiantes decir: “quiero hacer una investigación microhistórica”. Sin embargo, a mi manera de ver, esto no opera así. Porque para Ginzburg llegar a un trabajo de tipo microhistórico es más bien la consecuencia de una investigación mucho más amplia, no un objetivo en sí mismo. El caso de Menocchio solo pudo construirse a partir de un conocimiento profundísimo de los expedientes inquisitoriales de Aquileia y Concordia. Implicó años de trabajo que le permitieron conocer las regularidades documentales, reconocerlas y, justamente por eso, advertir la anomalía que representaba el caso de Menocchio. La microhistoria surge, entonces, como consecuencia de ese proceso, no como un punto de partida.
Esto suele perderse de vista porque el caso en sí es increíble. Todos los historiadores quisieran encontrar su propio Menocchio. Y quizá sea posible construir un caso semejante, pero requiere, insisto, un camino muy largo que pasa necesariamente por el cansadísimo trabajo de archivo y por esa mirada detectivesca capaz de identificar anomalías allí donde otros solo ven regularidades.
Y aquí vale la pena hacer unas últimas advertencias. Por un lado, conviene recordar siempre que lo que nos llega desde el pasado a través del archivo es, ante todo, una visión judicial de la sociedad. Si bien es cierto —Ginzburg lo demostró magistralmente— que a veces los rastros, las huellas y los indicios de la cultura popular pueden filtrarse en los documentos de archivo, no debemos perder de vista cómo y por qué fueron construidos originalmente esos repositorios. Y, por otro lado, hay una advertencia quizá más incómoda: ¿qué ocurre si nunca encontramos a nuestro Menocchio? ¿Se habrán ido a la “basura” meses, quizá años, de búsqueda en el archivo?
Precisamente por eso hay que hacer una advertencia todavía más fundamental: el caso no está esperando ser descubierto en los documentos; el caso lo construimos nosotros. Se construye siempre desde el presente y desde las preguntas que desde la Historia realizamos. El documento, en otras palabras, no tiene la capacidad de hablar por sí mismo. Y, sobre todo, esto me parece aún más importante: la fuente no posee la cualidad intrínseca de ser fuente. Su condición de fuente no reside en ella misma, sino que adquiere dicha cualidad únicamente como resultado de una operación historiográfica. En otras palabras, es un error epistemológico o, en el mejor de los casos, una desafortunada pérdida de perspectiva pensar que los documentos de archivo son fuentes sin más. Al contrario, y lo recalco con insistencia, las producimos y dotamos de tal cualidad mediante el proceso de investigación histórica.
Quizá por eso la lección más profunda de Ginzburg no sea la de haber encontrado a Menocchio, sino la de haber reflexionado profundamente sobre las posibilidades del archivo, mostrando que incluso los fragmentos más pequeños y aparentemente insignificantes pueden devolvernos, a partir de un marco teórico sensible y reflexivo, la densidad de un mundo negado.