Pero las madres siguen esperando oír la puerta abrirse; los padres siguen guardando un plato en la mesa y planchando la camisa que ya nadie se puso. Cada nombre es también una silla vacía, un cuaderno sin dueño, una voz que no vuelve, un grupo sin maestro
Hoy, a once años de la desaparición de los 43 normalistas de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, los compañeros manifestantes coreaban:
—...38... 39... 40... 41... 42... 43... ¡Justicia! ¡Justicia!
La prensa los rodeaba. El grito de justicia se enardecía cada vez más y un camión en reversa intentaba tumbar la puerta del Campo Militar Número Uno. Como quien busca la verdad. Como quien sabe que algo de ellos está ahí dentro. Con esa desesperación de quien quiere desenterrar algo porque escucha un eco, porque intuye que todavía es posible salvar —aunque sea un pedazo— la memoria, la verdad y el acceso a la justicia. Porque en un país como el nuestro, buscar paz, justicia y verdad no es un lujo: es parte de resistir.
La historia reveló que aquellos estudiantes se defendían de su propio gobierno, de su misma policía; de aquellos que se supone debían protegerlos. Iban en apoyo y resistencia, rumbo a la marcha del 2 de octubre, para que la memoria de la masacre de 1968 siguiera viva. Parece que cuando uno va a pedir justicia, lo único que encuentra son más injusticias. Lo único que consiguieron estos estudiantes, que buscaban reivindicar la memoria de otros jóvenes asesinados, fue desaparecer.
Llevaban cuadernos, mochilas; no tenían armas. Llevaban sueños de ser maestros en pueblos donde la educación es un privilegio. Unos llevaban un libro de pedagogía subrayado; otros, un sándwich envuelto en papel. Eso fue lo que les arrancaron: los sueños, su futuro y el porvenir de nuestro país.
Qué dolor, como historiadora, escuchar hablar de una «verdad histórica»: una frase que debería nombrar la búsqueda rigurosa del pasado y que terminó convertida en un muro de mentiras; una construcción institucional para tapar lo que realmente pasó. Once años después, no hay justicia ni certeza. No ha llegado la verdad histórica —la real, la que debería prevalecer— porque no les interesa generar memoria ni verdad. No les interesan los normalistas, no les interesan los desaparecidos de este país; no les interesamos.
En México se acumulan los ausentes. El reloj corre más rápido para que el olvido gane tiempo y sepulte la justicia. Pero las madres siguen esperando oír la puerta abrirse; los padres siguen guardando un plato en la mesa y planchando la camisa que ya nadie se puso. Cada nombre es también una silla vacía, un cuaderno sin dueño, una voz que no vuelve, un grupo sin maestro.
Porque en este pinche país desaparecen personas. Desaparecen estudiantes.
Y lo digo con la voz entrecortada porque yo también soy estudiante. Por eso le sigo preguntando a nuestro gobierno: ¿Dónde están?
Pase de lista
Abel García Hernández
Abelardo Vázquez Penitén
Adán Abraján de la Cruz
Alexander Mora Venancio
Antonio Santana Maestro
Benjamín Ascencio Bautista
Bernardo Flores Alcaraz
Carlos Iván Ramírez Villarreal
Carlos Lorenzo Hernández Muñoz
César Manuel González Hernández
Christian Alfonso Rodríguez Telumb
re Christian Tomás Coló
n Gárnica Cutberto Ortiz Ramos
Doriam González Parral
Emiliano Alen Gaspar de la Cruz
Everardo Rodríguez Bello
Felipe Arnulfo
Rosa Giovanni Galindez Guerrero
Israel Caballero Sánchez
Israel Jacinto Luga
rdo Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa
Jonás Trujillo
González Jorge Álvarez Nava
Jorge Aníbal Cruz Mendoza
Jorge Antonio Tizapa Legideño
Jorge Luis Gonzále
z Parral José Ángel Campos Cantor
José Ángel Navarrete González
José Eduardo Bartolo
Tlatempa José Luis Luna Torres
Jhosivani Guerrero de la C
ruz Julio César López Patolzin
Leonel Castro Abarca
Luis Ángel Abarca Carrill
o Luis Ángel Francisco Arzola
Magdaleno Rubén Lauro Villegas
Marcial Pablo Baranda
Marco Antonio Gómez Molina
Martín Getsemany Sánchez García
Mauricio Ortega Valerio
Miguel Ángel Hernández Martínez
Miguel Ángel Mendoza Zacarías
Saúl Bruno García
¡Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos!
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