Pensamientos de regadera - La ilusión de la libertad en medio de la era digital por Daniel Bezares

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Mucho de lo que llamamos comunicación se ha convertido en ruido, en un espectáculo donde incluso algo tan cruel como la guerra se presenta como entretenimiento, narrada como si fuera un partido de fútbol



Estos tiempos agitados exigen una crítica fuerte más allá de la ofensa y la indignación. Se requiere un análisis riguroso de los símbolos y discursos que mueven las pasiones del presente. Parece ser que el conflicto ya no se limita a un campo de batalla geográfico alejado; es decir, la violencia perpetuada simultáneamente producto de las guerras en distintas partes del globo no se restringe de forma específica a un terreno físico. Gracias a las nuevas tecnologías, los discursos de odio se propagan más rápidamente, encontrando en los jóvenes un espacio donde nacen discursos violentos y extremistas que desembocan en dinámicas de exclusión, polarización y radicalismo. Las luchas contemporáneas se despliegan en el terreno de las ideas, donde la cultura se convierte en un instrumento de propaganda y legitimación de los sistemas de poder.


Theodor Adorno lo advirtió al criticar a la industria cultural, poniendo en evidencia cómo la cultura misma se convierte en un vehículo de dominación. Antes, los sistemas de dominación y coerción se ejercían mediante la disciplina o la violencia directa; hoy también se incluyen mecanismos más sutiles, vinculados al consumo, a la cultura y a la aparente libertad individual. Los productos culturales en las sociedades modernas —cine, música, entretenimiento, redes sociales, medios masivos— no buscan la libertad del individuo, sino la estandarización de gustos y la reproducción del orden social. Comprender esto en la temporalidad actual es esencial para no quedarnos atrapados en juicios morales simplistas de bien y mal, sino para analizar cómo operan las estructuras de poder en el presente.


Uno de los recursos sociales más importantes de gran parte del poder contemporáneo es el acceso al discurso público. Quien controla el discurso público controla, indirectamente, la mente de las personas y, por lo tanto, también sus prácticas sociales. Nos sentiríamos incómodos al aceptar que nuestras opiniones pueden ser producto de un algoritmo o de una ingeniería social y tecnológica que nos empuja hacia ciertos consumos, emociones y convicciones; sin embargo, nos encontramos inundados de información y estímulos donde, poco a poco, la identidad y la propia libertad individual se han ido transformando en una ilusión disfrazada de elección. El resultado es que la libertad y la identidad se convierten en un producto más que puede manipularse y venderse, siendo capturadas por el capital para su propia expansión.


El deseo, la autoexigencia, la búsqueda constante de rendimiento y la exaltación del individualismo muchas veces impiden la construcción de comunidades capaces de resistir a la lógica de la explotación, creando individuos aislados. El aislamiento total al que conduce el régimen liberal no produce individuos más libres, sino más vulnerables y proclives a respuestas fáciles frente a problemas complejos. Entonces, ¿qué es lo que pasa cuando individuos aislados y vulnerables se ven expuestos a mensajes extremistas?


En este sentido, el surgimiento y ascenso de fenómenos contemporáneos —que van desde la aparición de gurús de autoayuda que prometen fórmulas mágicas para la felicidad, hasta la irrupción de caricaturescas figuras políticas con tendencias autoritarias y fascistas, el resurgimiento de estilos de vida conservadores que buscan normar la vida íntima, la polarización creciente entre los sexos y la victimización de grupos históricamente violentados— son síntomas de la captura de la vulnerabilidad social por narrativas simplistas que ofrecen seguridad a cambio de sumisión.


Por ello, se vuelve urgente replantear la noción misma de libertad. La pregunta central ya no es únicamente cómo liberar al sujeto de estos mecanismos externos, sino cómo evitar que la libertad misma sea capturada por los dispositivos del capital y de la industria cultural.


La promesa inicial de Internet como espacio de apertura y democratización también ha sido erosionada. Las redes digitales se han convertido en panópticos contemporáneos donde cada interacción deja huellas que son analizadas, clasificadas y monetizadas. Mucho de lo que llamamos comunicación se ha convertido en ruido, en un espectáculo donde incluso algo tan cruel como la guerra se presenta como entretenimiento, narrada como si fuera un partido de fútbol. El posicionamiento político ya no responde a un compromiso ético, sino a una simulación de campeonato (performance), similar a la de apoyar a un equipo deportivo.


Suena difícil de asimilar, pero como consumidores culturales y partícipes involuntarios de estos engranajes, alcanzar una vida moralmente digna sin cuestionar las estructuras de poder y sus mecanismos de difusión se siente como un acto hipócrita.


Para Marc Bloch, la historia es «la ciencia de los hombres en el tiempo». Hablamos del pasado, sí, pero el tiempo como campo de trabajo es continuo y cambiante. De ahí que todos los hechos humanos, en su complejidad, escapen a su reproducción, pues un fenómeno histórico no puede ser explicado en su totalidad fuera del estudio de su momento. La historia no se repite, aunque a veces rime un poco. Así como el hombre y sus quehaceres no son estáticos, las formas de dominación tampoco lo son: se transforman, se adaptan y adquieren nuevos tintes según el momento histórico.


Los fenómenos de dominación han mutado sin desaparecer. Si antes el control se ejercía con disciplinas visibles, hoy opera mediante la ilusión de autonomía y la promesa de libertad. La crítica a la industria cultural muestra cómo incluso el ocio y el entretenimiento pueden convertirse en mecanismos de sumisión. Reconocer esta paradoja es el primer paso para escapar de la dialéctica que convierte la libertad y la identidad en productos moldeables para fines violentos. Si aceptamos sin cuestionar, nos convertimos en cómplices de esa maquinaria que convierte la comunicación en ruido y la identidad en mercancía.


La tarea, entonces, no es romantizar un pasado que no vivimos, ni entregarse con resignación al presente, sino ejercer una mirada crítica capaz de desarmar las promesas vacías y abrir espacios donde la acción colectiva y la dignidad no sean un simulacro, sino una experiencia concreta. Solo entonces, cercanos y en ayuda de una comunidad palpable más allá de la participación simulada, podrán surgir alternativas que restituyan al sujeto y a la comunidad su capacidad de acción real.

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