Hacer el común no es común. Implica fricción, desacuerdo, responsabilidad y superar la incomodidad del otro. Implica hablar sin ofender y escuchar sin ofenderse. La diferencia no es una maldición que exorcizar, sino una riqueza...
«Hace treinta y dos años, con digna rabia nos levantamos porque no nos quedó de otra. Ahora conmemoramos y celebramos; pero, hace treinta y dos años, todo era despedida y tristeza porque se trataba de matar o morir por una causa justa. Conquistamos nuestra autonomía, claro, y fue mediante la violencia. No hubo de otra: nos cerraron las puertas, nos cerraron las ventanas, nos cerraron todas las rendijas», dice el subcomandante insurgente Moisés, encapuchado, micrófono en mano, acompañando su discurso con ademanes para enfatizar sus palabras.
Miércoles 31 de diciembre de 2025, Caracol de Oventic, en los altos de Chiapas. Llueve. La humedad y las bajas temperaturas no apagan el entusiasmo de los más de mil asistentes: visitantes de más de cuarenta países, comunidades cercanas y bases de apoyo zapatistas reunidas en torno a la conmemoración de lo que antes fue una tragedia.
No bastarían estas líneas para nombrar la opresión histórica y sistémica que a lo largo del tiempo ha caído sobre ellos; centenas de años bajo un sistema mudo que llama «rebeldes» a quienes se les han negado los derechos básicos, «rebeldes» a quienes no atraviesan los pasillos burocráticos de la «resistencia institucionalizada». ¿Tu rabia tiene carpeta de investigación? Entonces no procede... esto hasta hoy.
Digna rabia, la llaman. Y aunque siempre están listos para defenderse, no quieren luchar. ¿Por qué más habrían de hacerlo? Porque el que no lucha no tiene nada, porque se lucha por la vida y la batalla más difícil siempre es la pacífica. La violencia excluye; la paz busca incluir. Ahí radica lo complejo: incluir significa despojarte de la lógica individualista del capital. No hay manual para la comunidad y, sin embargo, resulta tan fácil olvidarse del otro. El otro no es igual; ni siquiera en lo común se piensa lo mismo. El otro funciona como un espejo reflejante de lo que no queremos ver.
Esto no significó, ni significa ahora, una cuestión de derechas o de las mal llamadas izquierdas; es algo más humano que partidista, una conciencia social enfocada en la realidad visible, en la comunidad propia que cada uno observa. La batalla tuvo un sustento ideológico donde, al analizar sus condiciones históricas, resulta imposible humanizar los esquemas de despojo y opresión a los que los pueblos indígenas fueron sometidos. En uno de los comunicados de 1994, emitido durante el cese al fuego, se cuestionaba:
¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados
El texto cargó una fuerza retórica aplastante, válida hasta el presente. Uno de los trucos de la historia es heredarnos fobias y filias; pero la verdad no se puede maquillar, no hay palabras que la denigren. Aquel comunicado significó un golpe contundente para quienes, en su momento, dudaban de la legitimidad del levantamiento.
En su apogeo, el movimiento sostuvo los reflectores del ojo público a niveles mundiales, en una época previa a los actuales medios de comunicación masiva. El mundo miró hacia la selva chiapaneca y encontró un bastión para las vanguardias críticas y los nuevos lenguajes de resistencia. Pero esa visibilidad también trajo su propio infierno: no todas las buenas intenciones que se acercan lo son verdaderamente. Mirar con cuidado las realidades no implica negar contradicciones, tampoco romantizarlas. Como toda experiencia histórica, el zapatismo está atravesado por tensiones, intereses, disputas internas y materiales concretos.
Los enfrentamientos armados duraron doce días. No querían gobernar, ni entonces ni ahora; tampoco buscan reclutar. Piden la autonomía. Piden el común. Piden el derecho de autodeterminación: elegir por qué vivir y por qué morir. La crítica al gobierno actual tiene la misma dureza con la que se criticó hace treinta y dos años, frente a un país donde las condiciones parecen ser una evasión de la realidad rodeada de simulaciones.
«Nosotros no tenemos un manual para hacer el común», dice el subcomandante Moisés. «Aún tenemos camino y práctica que recorrer rumbo al horizonte del común. No podemos decirles a los otros cómo organizarse, ni los otros pueden venir a decirnos cómo organizarnos. Cada quien conoce su realidad. Nosotros actuamos sobre lo que vemos, lo que sabemos, lo que olfateamos. Y quienes nos critican… ¿acaso no viven miserias e injusticias? ¿Por qué no se organizan ustedes?».
Los encuentros se llaman «semilleros». La alegoría al campo se presenta como un espacio donde la convivencia entre distintos pensamientos germine en algo nuevo: nuevas formas de imaginar el mundo. Una de las preguntas recurrentes es: ¿por qué nos hacen pensar que el común es imposible? No se habló solo del zapatismo, sino de otras experiencias dispersas en el mundo donde el común surge bajo realidades propias, con imaginaciones políticas que no se ajustan a moldes.
Hacer el común no es común. Implica fricción, desacuerdo, responsabilidad y superar la incomodidad del otro. Implica hablar sin ofender y escuchar sin ofenderse. La diferencia no es una maldición que exorcizar, sino una riqueza que exige repensar la comunidad más allá de la lógica individualista del capitalismo. Cada cabeza es un mundo, pero todos estamos encerrados en este mismo mundo; y el mundo, por accidentado que parezca, es un milagro.
Más que obtener respuestas, este encuentro se trató de imaginar posibilidades frente a la barbarie que lentamente normalizamos bajo una mezcla de cansancio y nihilismo. Se trata de no entregar la conciencia a las limosnas del poder ni a las distracciones de los algoritmos diseñados para domesticarnos.
«Se acerca una tormenta fea», dicen. No soy una persona optimista; suelo ver el vaso casi vacío. Aun así, en algún momento me sentí conmovido hasta las lágrimas. «El camino no termina», afirman, asegurando que están a 118 años de sus objetivos. Pienso en la paradoja de sostener una causa que, quizá, no veremos realizada.
Regreso a mi realidad; ordeno algunas ideas, confronto mi propio ser. Quedo con más preguntas que certezas. El horizonte común permanece como una utopía que se persigue. Y una frase de Luis de Tavira, leída por el capitán Marcos, continúa resonando: «¿Qué es el arte sino una forma de reunirnos frente al nihilismo de la barbarie?».
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