La ciudad es una florecilla venenosa y con espinas. Una planta carnívora hermosa, seductora y peligrosa...
Su historia se cuenta desde la verticalidad yuxtapuesta de una ciudad sobre otra. Los edificios dominan las alturas como el símbolo de progreso característico de las grandes metrópolis del siglo XX. Debajo, el mundo subterráneo, el metro, funge como las arterias que conectan al monstruo vivo, donde ocurren los rituales del caos descritos por Monsiváis.
Ícono perpetuo, homenajeada en libros, películas y fotografías. En la CDMX las historias no se acaban: ocurren siempre tantas cosas a la vez, tantas que nunca ves la misma ciudad dos veces. La ciudad es una florecilla venenosa y con espinas. Una planta carnívora hermosa, seductora y peligrosa, con la capacidad de confundirte fácilmente; cuando el asombro se apodera de ti como un somnífero, entonces cierra sus fauces sobre ti. No hay tiempo para distraerse, el ritmo acelerado no da chance de observar detenidamente. Hay que seguir a las multitudes sin dejar que las multitudes te absorban.
Pero si tienes la oportunidad de detenerte, el darle atención a la arquitectura es sensibilizar el concreto. Hoy la Torre Latinoamérica no es el edificio más alto de la ciudad, y cuenta con algunos despachos vacíos, donde su atracción principal es el mirador, el cual mantiene viva la ilusión de ser un espectador de las alturas. Sin embargo, según las crónicas citadas por Georgina Cebey: la Torre Latinoamérica se consagró en el imaginario de la ciudad después de sobrevivir a los terremotos del 28 de julio de 1957 y, posteriormente, a la sacudida del 19 de septiembre de 1985, cuando se mantuvo erguida entre los escombros y las nubes de polvo. La torre en pie significó esperanza y el inicio de la urbe. La mitad del camino entre el cielo y el suelo.
Las ciudades guardan su pasado como estandarte; en sus cimientos la piedra volcánica, el cráter de un lago, un templo sobre otro templo, «un panteón de dioses», decía Tavares, aunque ahora mismo no lo preciso claramente. «El metro es el inframundo», escribió Monsiváis; por debajo se observan mejor las grietas de esta ciudad cicatrizada, la ciudad de los temblores. Las estructuras que sobreviven a veces por pura fe, ignoradas por el público y las autoridades como el niño que se cae y nadie ve, para evitar que llore. La ciudad de la furia y sus torres empaquetadas llenas de almas cansadas de viajar por las arterias oxidadas del metro y los rieles al borde del colapso; pisadas furiosas tapizan los suelos y es obvia la viva marcha del tiempo.
He visitado la ciudad de manera esporádica y siempre tengo la sensación de visitar un lugar diferente. Tenía siete años la primera vez que visité la Ciudad de México y el día de nuestra llegada Spencer Tunick hizo que 20,000 mexicanos se desnudaran en el Zócalo. Al pasar cerca del Centro Histórico, mi madre saltó al asiento trasero del automóvil para taparnos los ojos a mi hermana y a mí. Pero yo lo recuerdo: la marea de pieles desnudas paseándose como si nada importara en nombre del arte, de la vida y en contra de las buenas conciencias. Desde ese día supe que aquí la cosa iba recia, esta ciudad no se deja domesticar. Que aquí la contradicción es ley y el caos una forma de vida.
La CDMX no se explica, se sobrevive. Es una ruina en construcción, una belleza herida que vibra, se sacude, resiste. Hay que internarse siempre en el fondo para vivirla como un viaje al corazón de una nación entrenada en las artes del absurdo, adicta a la versión más absurda de sí misma. No importa cuántas veces vengas: siempre te recibe distinta, siempre te pone a prueba. En esta ciudad uno se entrega. Sin miedo, pero con respeto; y si te apendejas, te mueres... o te asaltan, en el mejor de los casos.
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