¿Qué es lo que realmente esperamos?, ¿que dentro de diez años tengamos de presidente en este país libre y soberano a un narco? Quizá con una licenciatura en fabricación de drogas, una maestría en corrupción y un doctorado en lavado de dinero...
En relación con lo sucedido recientemente con la maestra jubilada Irma Hernández Cruz, me parece que el problema de la inseguridad en México ha sobrepasado cualquier límite, por lo cual debe ser absolutamente analizado y criticado. El hecho de haber sido secuestrada por no pagar las cuotas que el grupo criminal le exigía habla de la ineficiencia del gobierno de Veracruz, de la Secretaría de Seguridad y, por supuesto, del fracaso inminente del plan «abrazos, no balazos» propuesto por el anterior presidente de la república, Andrés Manuel López Obrador; una estrategia con la que la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, continúa.
En las últimas décadas, el país ha sufrido terribles estragos provocados por el crimen organizado; es un problema que no ha sido solucionado ni mucho menos controlado de la mejor manera. Cada presidente que ha entrado ha dicho que el problema más importante es el de la inseguridad, pero ¿qué tanto se ha logrado? Creo que el aumento del sufrimiento, del dolor, de las desapariciones y de las muertes no refleja ningún signo de logro; al contrario, aumenta el nivel de desesperanza de un país mejor. La idea de una nueva transformación para la nación ha quedado enterrada en lo más profundo de las promesas dichas por los mandatarios.
Actualmente las noticias están repletas de muertes y desapariciones. Ya no nos es suficiente saber qué pasa en Ucrania y Rusia o en Israel, porque aquí tenemos nuestra propia guerra: una guerra que ha dejado miles de muertos, desaparecidos, jóvenes reclutados y desplazados; miles y miles de mexicanos que han perdido la esperanza de un futuro mejor porque, para que puedan comer, necesitan trabajar, y para poder trabajar, necesitan pagar una cuota mensual a los criminales.
Las redes sociales se han encargado de dar a conocer a todo el país el caos que ha generado el crimen organizado en México. Esto permite que muchos opinen, critiquen y juzguen, aunque es algo que nunca llega a ser un tema importante para nuestros gobernantes. Los políticos se limitan al hablar del tema porque, al parecer, es mucho más importante vivir bajo el espectáculo amoroso que nos ofrecen Lilly Téllez y Noroña en el Senado que querer solucionar este gran mal del país.
Hoy por hoy, al sentarnos a la mesa a hablar de política, no se puede dejar de lado el papel del crimen organizado. Pero ¿qué es lo que realmente esperamos?, ¿que dentro de diez años tengamos de presidente en este país libre y soberano a un narco?, ¿quizá con una licenciatura en fabricación de drogas, una maestría en corrupción y un doctorado en lavado de dinero, pero, por si acaso, un diplomado en Estados Unidos en fabricación de armas?
La esperanza de vida en México radica en un buen trabajo, en la educación o en un buen sistema de salud, pero también esa esperanza se ve mermada debido a la baja eficiencia de un buen sistema de seguridad. ¿Cómo es posible que ahora sean los criminales quienes mandan en el país? ¿Por qué nos sentimos indignados ante la ola de violencia y desapariciones en el país mientras escuchamos de fondo música alusiva a ese tipo de violencia? No somos conscientes de que, dentro de todo, promovemos este tipo de dinámicas. Si nuestros políticos no actúan, tarde o temprano estaremos en manos de criminales; esto no quiere decir que los políticos no lo sean, pero me refiero a los criminales de oficio: los que usan las armas para conseguir lo que sea.
Definitivamente, las armas de la justicia y la verdad serán corrompidas por un sistema corrupto como lo es el crimen organizado, en colaboración con la sed de dinero y poder de los políticos. Toda esta simulación tendrá graves consecuencias en un futuro, o más bien, ya las estamos teniendo. El simple hecho de vivir con el miedo de ser el próximo reclutado, desaparecido o asesinado habla de un fracaso inminente del sistema; un sistema que poco a poco va beneficiando al crimen organizado, a los poderosos y a sus políticos. Y no beneficia a aquellas madres que no se cansan de buscar a sus hijos en lo más profundo de las injusticias, ni a aquel trabajador que tiene que pagar piso para poder sobrevivir, ni a aquellos que han sido desplazados, reclutados, asesinados o dejados simplemente sin ningún tipo de voz y voto para poder explicar la magnitud de este gran mal.
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