La historia de estas guerras está profundamente vinculada con nuestro propio pasado como pueblo mexicano... se intentó evangelizar a los habitantes de esas zonas, pero fue inútil. La estrategia fue poblar el norte con personas del centro; en consecuencia, se fundaron nuevas ciudades como Zacatecas, Durango y Sinaloa
Al hablar de las guerras apalaches, la primera referencia que tenemos en el imaginario son las películas de Hollywood del Viejo Este, en donde los soldados estadounidenses se enfrentan a los indomables indios que no aceptan integrarse a la cultura que el gobierno les ofrece para dejar de ser salvajes y volverse civilizados. Pero la realidad es otra: estos pueblos, al igual que otros, tienen su propia historia; una que desconocemos e incluso ignoramos por desinterés o porque simplemente creemos que no tiene nada que ver con la historia de México y que solo pertenece a la estadounidense. Sin embargo, la historia de estas guerras está profundamente vinculada con nuestro propio pasado como pueblo mexicano.
Su historia está muy relacionada con nosotros porque se sabe que del norte llegaron, por oleadas migratorias, los grupos que originalmente se asentaron en el centro. Existieron muchas expediciones e intentos por conquistar el territorio del norte, e incluso se intentó evangelizar a los habitantes de esas zonas, pero fue inútil. Así, la estrategia implantada por los diferentes gobiernos fue poblar esta zona con personas que habitaban en el centro; en consecuencia, se fundaron nuevas ciudades como Zacatecas, Durango y Sinaloa, entre otras. De esta manera, poco a poco los grupos del norte fueron desplazados de sus territorios, obligándolos a replegarse hacia el oeste.
Sabemos también que, en su gran mayoría, estos pueblos poseían una estructura social matriarcal en donde la mujer tenía un papel fundamental. Y no quiero decir con ello que la mujer fuera la que gobernaba y todos obedecían, sino más bien que se le reconocía como una figura de autoridad a la par del hombre, ya que poseía los conocimientos como primera cuidadora y pilar de la familia. Sin los saberes que ellas resguardaban, habría sido muy difícil que la comunidad pudiera sobrevivir y afrontar las adversidades climáticas del territorio por donde se desplazaban.
La mujer era quien organizaba los campamentos: ella determinaba qué área era apropiada para establecer el acantonamiento, se encargaba de preparar los alimentos para toda la familia —lo que implicaba tener un conocimiento profundo de las semillas, plantas y frutos comestibles— y también era la responsable de delegar las actividades para cada uno de los miembros que conformaban el asentamiento.
Ahora bien, debemos comprender que ellos nunca construyeron ciudades ni se establecieron en un solo lugar, ya que eran seminómadas. Estaban en constante movimiento persiguiendo a las manadas de búfalos y venados para cazarlos y alimentarse de ellos; por lo tanto, no podían fijar una residencia única. También sabemos que desarrollaron muy poco la agricultura. De hecho, en algunas zonas dejaban las semillas plantadas y, después de un tiempo, regresaban a ese mismo punto donde encontraban la cosecha que había crecido de forma natural. Además, debemos hacer hincapié en que el clima del norte es muy distinto a las condiciones climáticas del centro, donde se puede cultivar y desarrollar la tierra con diferentes métodos.
Por otro lado, se sabe que muchos de estos grupos recurrían al robo de ganado, caballos e instrumentos de labranza, los cuales vendían después a los propios colonos. Estos, a su vez, les pagaban con dinero, armas, pólvora y alcohol. Esta relación de intercambio generó más adelante que los pueblos originarios empezaran a utilizar las armas de fuego de los colonos para defenderse de la invasión ejercida por estos últimos. En consecuencia, los apaches se enfrentaron, por un lado, para defenderse y repeler a los colonos, mientras que estos luchaban por someterlos y dominarlos para quedarse con las tierras indígenas.
Se cometieron muchos actos de crueldad en contra de los apaches y otros grupos nativos. Un ejemplo de ello fue la recompensa que otorgaba el gobierno de Chihuahua por los cueros cabelludos de los indios: a quien llegaba con la cabellera de un hombre se le entregaban 100 pesos; por la cabellera de una mujer, 50 pesos; y por la de niños, 15 pesos. Posteriormente, el precio aumentó a 200 pesos y se implementó la recompensa por la captura viva de los indígenas, la cual tenía un precio de 250 pesos. Una vez entregado el nativo capturado, este era ejecutado en la horca. Llegó a un punto en que el gobierno de Chihuahua se quedó sin fondos para poder seguir pagando por los cueros cabelludos que se le entregaban.
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