La curiosidad humana primero perfeccionó las diferentes formas de asesinarnos antes que descifrar por qué estamos pegados a la tierra
Sun Tzu escribió El arte de la guerra durante el periodo denominado «Primaveras y Otoños», que abarca los años 771 a. C. al 476 a. C. en China; muchos consideran que la fecha exacta de redacción fue alrededor del año 500 a. C. Esto genera un contraste impactante al constatar que la publicación de la obra Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica de Newton —donde se formula por primera vez la ley de gravitación universal— vio la luz el 5 de julio de 1687. Resulta asombroso que existan registros escritos donde se desarrollan conceptos y consejos sobre cómo tratar a los enemigos declarados y cómo prevenir su llegada, y que tuvieran que pasar más de dos milenios para que nos interesáramos lo suficiente en nuestra realidad física como para entender cuál es la fuerza que nos mantiene con los pies clavados en el suelo.
La curiosidad humana primero perfeccionó las diferentes formas de asesinarnos antes que descifrar por qué estamos pegados a la tierra. Acompañada de esta observación surge la pregunta: ¿a qué lugar nos lleva nuestra primigenia curiosidad? La respuesta descansa en la profundidad de la especulación y en la morbosidad de la mente humana; una característica que se plasmó por escrito con mucha más antelación que uno de los principios naturales más básicos, el cual, irónicamente, siempre estuvo presente en nuestra realidad.
Esta reflexión pretende analizar el extremo moral de la curiosidad humana, desde luego obviando el hecho de que cada persona es un mundo y cada mente un universo, y siendo conscientes de que lo moral varía según el contexto sociocultural de los individuos. Es por esta razón que resulta pertinente regresar a los tiempos de Heródoto. En su obra Los nueve libros de la historia, el autor explora y describe guerras, geografías, costumbres y usos que, por aquel entonces, eran sumamente desconocidos y ajenos para la sociedad de lo que hoy es Halicarnaso y la actual Turquía. Esto podría parecer alejado del punto central, pero es útil al momento de analizar el límite moral de la curiosidad de Heródoto, puesto que su hambre de saber nunca lo orilló a crear manuales de asesinato, robo o manipulación, sino que buscó un enfoque puramente descriptivo.
Se debe ser plenamente consciente del relativismo moral que existe en el mundo. Cada cultura se rige conforme a sus tradiciones —incluso definir el concepto de «cultura» es una tarea compleja debido a su variada interpretación—. Al regresar al punto de partida, encontramos que durante el periodo «Primaveras y Otoños» China vivía una fragmentación del reino, dividiéndose internamente en estados independientes; esto, naturalmente, derivó en una gran cantidad de conflictos militares que dieron como resultado la desaparición de muchos de estos territorios para dejar únicamente siete principales. Curiosamente, es en esta época de caos donde nace y vive Confucio, más concretamente en el estado de Lu. Se trata de un contraste interesante, puesto que el propio confucianismo abarca temas como la moralidad, la armonía con el cosmos, la virtud humana y el culto a los antepasados.
Durante este periodo también se popularizó la metalurgia en la vida cotidiana, lo que hizo sumamente famoso al arado de hierro y facilitó el aumento de la productividad. Esto generó un excedente agrícola que, a su vez, dio como resultado una economía cuyo eje radicaba en el comercio; por ello, muchos de los conflictos entre los estados tuvieron motivos económicos, propiciando además la acuñación de las primeras monedas chinas. Asimismo, fue en esta época cuando comenzó el reclutamiento de campesinos para la creación de ejércitos permanentes y la introducción de nuevas armas, tales como espadas más resistentes, ballestas, lanzas que medían hasta cinco metros y armaduras más livianas pero igual de aptas para el combate.
Me resulta sorprendente el contraste entre Confucio y Sun Tzu a pesar de haber compartido tiempos y contextos similares. Esto me genera verdaderas dudas sobre los alcances de la mente humana contemporánea y sobre si realmente la moral y la ética fueron solamente una limitante autoimpuesta. ¿Hace falta conocer nuestros límites morales? Hablando por mí, es algo que nunca sabremos.
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