Y aunque el tiempo marchitó aquellas flores, su aroma aún flota en la memoria de quienes vivieron la Puebla de antaño, una historia que merece ser contada
Éramos jóvenes cuando te vi por primera vez.
Cierro los ojos y empieza el recuerdo.
—Taylor Swift
Puebla tiene muchas cosas que contarnos en sus casi quinientos años de historia, de los cuales no solo se recuerdan las grandes batallas libradas con armas, sino también aquella que se combatía con flores, en una época en la que este gesto simbolizaba uno de los actos más románticos. Aquella batalla, que había estado presente por varias décadas en la ciudad, no buscaba vencer, sino enamorar; hoy solo queda como un vago recuerdo esperando a ser descubierto. Y aunque el tiempo marchitó aquellas flores, su aroma aún flota en la memoria de quienes vivieron la Puebla de antaño, una historia que merece ser contada.
Corría el año de 1895. México había cambiado profundamente bajo el régimen de don Porfirio Díaz: ya no era el país sumido en el caos que caracterizó al siglo decimonónico, marcado por rebeliones internas e intervenciones extranjeras. Eran tiempos distintos, en los que la modernización recorría diversas regiones del país bajo un fuerte deseo de progreso. El gobierno buscaba mostrar al mundo que México podía estar al nivel de las grandes potencias, tomando especialmente como modelo a Francia.
Esto derivó en un afrancesamiento en todos los aspectos: desde la arquitectura y el entretenimiento hasta la moda y el refinamiento social. En las ciudades, la influencia parisina se volvió inevitable y cobró mayor fuerza, marcando el gusto y la forma de vida de toda una época. Asimismo, fue en las principales urbes donde se establecieron comunidades francesas importantes, las cuales reforzaron las nuevas costumbres que la clase alta comenzaba a adoptar.
Entre estas novedades que llegaban a México y eran aceptadas con entusiasmo por la sociedad porfiriana, se encontraba una que llenaba de encanto los días de celebración: un desfile en el que los más elegantes carruajes y los primeros automóviles eran engalanados con exuberantes adornos florales, mientras las familias más distinguidas recorrían las avenidas principales. Las calles se convertían en jardines efímeros donde los aromas y destellos de color envolvían el cortejo; hombres y mujeres se esmeraban, con elegancia y coquetería, en lanzar el ramillete más bello, creando a su paso una lluvia de pétalos que parecía envolver a la ciudad en un sueño perfumado. Pronto, este opulento desfile sería conocido con el nombre del «combate de las flores».
Es precisamente en ese año de 1895 cuando la ciudad de Puebla demostró que no era ajena a la vanguardia de este evento, al celebrarse el primer combate de las flores, organizado por el Ayuntamiento como parte de las festividades en honor a los hechos gloriosos del 2 de abril de 1867. Se realizó un elegante recorrido donde los visitantes se daban cita para participar o admirar el desfile. Desde el Paseo Nuevo (hoy Paseo Bravo), los carruajes emprendían su trayecto por la avenida Reforma hasta llegar al Zócalo, entre acordes, música y un júbilo que parecía florecer con cada pétalo lanzado al aire.
A partir de entonces, aquel festejo se volvió esencial en las celebraciones de la ciudad. Posteriormente las fechas fueron variando hasta establecerse el 5 de mayo como la jornada predilecta. Durante esos años, los jóvenes aguardaban con ilusión la festividad, pues al término del desfile se realizaba un cortejo muy esperado: los varones ofrecían flores a las mujeres por quienes sentían algún interés y, si eran aceptadas, correspondía un beso en la mejilla como símbolo de respeto y afecto que, en muchos casos, daba inicio a un romance. Entre aromas, música y alegría, este gesto inocente se convirtió en una de las tradiciones más entrañables de la Angelópolis.
Con el paso del tiempo, el espíritu romántico y festivo del combate de las flores se fue perdiendo. Algunos asistentes comenzaron a actuar de forma descortés, arrojando huevos con harina y otros objetos, olvidando el respeto y la caballerosidad que originalmente distinguían al evento. Así, aquella celebración que alguna vez simbolizó el romanticismo y la elegancia de la Puebla de antaño terminó desvaneciéndose, dejando solo la nostalgia de una época en la que un pétalo bastaba para expresar admiración.
Ilustración 1: Donato Ubaldo Hernández, Programa de
actividades del Combate de Flores, Puebla, 1910, AGMP.
Ilustración 2: Casasola, Las fiestas florales,
Puebla, 1909, Hemeroteca Digital UANL
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