Visiones de la historia - Guy Rozat: La cocina, la memoria y la Historia por Mario E. Fuente Cid





Hasta donde alcanzo a interpretar, para él aproximarse a cualquier evidencia documental y de archivo era también una forma de dejarse seducir por el positivismo que él había combatido tan activamente y por los cantos de sirena que nos prometen ver la verdad y el pasado. “La Historia es angustia”, decía él.


Guy Rozat nació en África, en Burkina Faso, durante la Segunda Guerra Mundial. Su padre, un campesino convertido en artillero del ejército francés, se había refugiado allí después de la ocupación alemana. Hacia el final de la guerra, eventualmente regresó a Francia y se instaló en París. Guy falleció ayer en Veracruz.


Guy Rozat no llegó a México como primer destino. Durante sus años como estudiante, de Letras y de Sociología, buscó llegar a China o a algún lugar de Asia, motivado por las luchas revolucionarias posmaoístas y la guerra de Vietnam. Participó activamente en el 68 francés; para entonces ya era profesor e incluso fue fichado por la policía. Eventualmente llegó a México. Su vocación campesinista, derivada en buena medida de su maoísmo, lo llevó a volver la mirada hacia las sociedades agrícolas mesoamericanas.


Ese interés aparecía incluso en detalles que podían parecer pequeños. Frente a las explicaciones militares de la Conquista, solía señalar, por ejemplo, lo que implicaba alimentar a una hueste de quinientos hombres durante varios días. Para un pequeño pueblo mesoamericano, aun sin la guerra y la violencia de la Conquista, sostener aquella cantidad de personas podía significar la ruina y el colapso de una comunidad.


Siempre estaba atento a los cultivos, sus intercambios y su circulación. Me parece que esto estaba, en parte, fomentado por la tutela de Ruggero Romano, de quien fue alumno.


Guy siempre señalaba, de manera crítica y también burlona, los intentos reconciliatorios de León-Portilla en el famoso intercambio de los dos mundos: los cultivos que llegaron a Europa desde América y los que de Europa llegaron a nuestro continente.


Escribo estas líneas estando yo mismo en el sureste asiático, aquel extremo al que Guy quería llegar. Caminando entre las calles de Ciudad Ho Chi Minh, antes Saigón, lo traigo a la mente al recorrer un tianguis vietnamita y observar los productos que se venden. Para mi sorpresa, muchos de ellos son americanos.


Esto genera en mí una imagen poderosa: la de un mundo que existe sin Europa como centro.


De Asia llegaron las mandarinas, las naranjas, los nísperos, los mangos; los gallos, los plátanos y, por supuesto, los cocoteros. En un pequeño tianguis de Vietnam lo compruebo: veo guayabas, papayas, flores de calabaza, chayotes, maíz, tomate y cacahuate, fundamentales en la dieta local.


Guy hacía énfasis constantemente en ese mundo. Su pasión por la cocina lo llevó a tener, incluso, un restaurante, si no mal recuerdo.


Deberán excusarme, mis colegas, el excesivo tono anecdótico y por no referir aquí las fuentes de los testimonios que narro. Guy no ocupa solamente un lugar privilegiado en la historiografía mexicana. Ocupa un lugar en la memoria, que es un sitio mucho más cálido que la fría nota de archivo.


Después de las sesiones en el Seminario de Historiografía de Xalapa, nos recibía en su casa de La Pitaya, a donde había llegado después del terremoto de 1985. Aquello que yo llamé, él nunca lo supo, el potlatch de Guy, en referencia a la tradición de los pueblos del Pacífico noroccidental, era una suerte de celebración de la abundancia. Guy nos alimentaba intelectual y literalmente.


Guy procuró siempre buscar, de alguna manera, un relevo generacional. Para mí fue particularmente grato que, hace más de diez años, me invitara a participar en su seminario de historiografía después de haber leído un texto mío. Nunca fue mi maestro en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo, sus textos, especialmente Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México, formaban parte de un ritual de iniciación, casi una novatada, durante los primeros semestres de la Licenciatura en Historia de la ENAH, licenciatura que él mismo fundó.


Las propuestas rozartianas fueron un pilar fundamental para mi formación. Su idea de la Edad Media como una edad del cuero, por la importancia que concedía a ese material, terminó influyendo en mis investigaciones sobre la Edad de Bronce en Mesoamérica.

 

Por supuesto, no siempre coincidí con él. Le di mi tesis de licenciatura y, aunque hizo algunos elogios, me dijo que todavía no entendía muy bien el rumbo de mi posición. Sin dejar de lado mis propias falencias, creo que uno de los puntos en los que más discrepé Repensando la Conquista a su lado es que me parecía demasiado, o quizá absolutamente, historiográfico. No me malinterpreten: la historiografía es un nivel fundamental de todo trabajo histórico. Sin embargo, la evidencia empírica todavía debe responder muchas preguntas.


Hasta donde alcanzo a interpretar, para él aproximarse a cualquier evidencia documental y de archivo era también una forma de dejarse seducir por el positivismo que él había combatido tan activamente y por los cantos de sirena que nos prometen ver la verdad y el pasado. “La Historia es angustia”, decía él. Ante esos cantos, Guy Rozat era un Odiseo bien advertido del peligro y firmemente amarrado al poste. Quizá yo, uno de sus más periféricos y secundarios remeros, me había quitado tantito la cera de los oídos.


De Guy aprendí también que el INAH, cuando cierra una puerta, suele tapiar también la ventana. Su trabajo Indios imaginarios, galardonado y reconocido por el propio INAH, no mereció en tiempos recientes ninguna reedición por parte del instituto. Guy tuvo que buscar activamente que se reeditara y distribuyera bajo otros sellos. El interés institucional fue escaso o prácticamente inexistente, a pesar de que él mismo era un emérito y un referente de la historiografía producida en y desde la institución. En fin, él, como señaló su compañera Fernanda Núñez, ahora es parte de la eternidad.


Deberán excusarme, mis colegas, el excesivo tono anecdótico y por no referir aquí las fuentes de los testimonios que narro. Guy no ocupa solamente un lugar privilegiado en la historiografía mexicana. Ocupa un lugar en la memoria, que es un sitio mucho más cálido que la fría nota de archivo.


Creo que la mejor manera de honrar su legado es seguir repensando y cuestionando todo, y permanecer bien sujetos al mástil historiográfico, como él nos mostró.


Langkawi, Malasia.
4 de octubre de 2026.
4 de octubre de 2026

Tal vez te interesen estas entradas

No hay comentarios